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Nikolay Fiódorovich Zamiátkin

Tercera edición colocada por el autor, de manera perspicaz, entre la segunda y la cuarta tirada, ampliada significativamente en su contenido y forma estética.

No es posible enseñarle un idioma extranjero

Breve contenido del tratado
Este es un libro totalmente honesto hasta su última coma, el cual, de inmediato, luego de su aparición se convirtió en un clásico de su género y en lectura obligatoria para cualquiera que se interese por los idiomas.
Es un libro paradójico. Destruye sin piedad un mito tras otro, una fábula tras otra, una superstición tras otra.
Es un libro que lo libera a usted de las ataduras, de esas viejas supercherías que no le permiten aprender algún idioma extranjero. Cualquiera que quiera iniciar un aprendizaje en tal sentido estará obligado a leerlo, porque no tiene rival por su asequibilidad en cuanto a las maneras manejadas por el autor y por la cantidad y la calidad de consejos útiles (¡este no es de esos folletos metodológicos que le hielan la sangre a cualquiera por su rebuscado lenguaje!).
Un estilo brillante y un desenfadado humor en la narración le convierten en una lectura interesante, también para aquellos que ya estuvieron “aprendiendo” en la enseñanza media o superior y se convencieron, definitivamente, de su “incapacidad” para el aprendizaje. Luego de leerlo está claro el por qué, después de todos esos años de sacrificio y abnegación en los estudios, ellos no han podido -¡ni podrían aprender!- un idioma extranjero, quedándose en el habitual marco de la “enseñanza”.
Por su parte, los que ya dominan alguno, gustosamente se convencerán de lo correcto de este método, el cual permite salir de una cámara aburrida y gris, llena de conjugaciones, tiempos verbales, verbos irregulares y gerundios que asustan a cualquier iniciado.
Quizás algunos profesores se sentirán ofendidos por el desenfado del texto y ¡se lo merecen!, aunque esa no es la intención del autor. También ellos, si lo desean, podrán extraer de esta obra muchos aspectos útiles para su labor.
De modo que el libro está escrito para cualquier persona. Todo el mundo puede encontrar algo de interés en él. Incluso esos organizadores de estafas idiomáticas, toda clase de vendedores de “señales secretas” u otros escritores de libros y cursos “exitosos” – que sin ningún conflicto de conciencia prometen enseñar un idioma en tres minutos al día- deberían conocer, también, los argumentos del autor (¡su enemigo número UNO!)
Durante muchos años, el escritor de este material vivió en los Estados Unidos de Norteamérica donde trabajó como traductor, impartió clases y se dedicó a otras no menos interesantes tareas. Domina varios idiomas y, a partir de su experiencia, elaboró su propio método de aprendizaje para una lengua extranjera, el cual aparece recogido en este libro.

Epígrafe

1…Todo el mundo tenía un mismo idioma y usaba las mismas expresiones. 2 Al extenderse la humanidad, desde Oriente, encontraron una llanura en la región de Sinear, y allí se establecieron. 3 Entonces se dijeron unos a otros: “Vamos a hacer ladrillos y coserlos al fuego.” El ladrillo les servía de piedra y el alquitrán de mezcla. 4 Después dijeron: “Construyamos una ciudad con una torre que llegue hasta el cielo; así nos haremos famosos y no andaremos desparramados por el mundo.”
5 Yavé bajó para ver la ciudad y la torre que los hombres estaban levantando 6 y dijo: “Veo que todos forman un mismo pueblo y hablan una misma lengua, siendo esto el principio de su obra. Ahora nada les impedirá que consigan todo lo que se propongan. 7 Pues bien, bajaremos y una vez allí confundamos su lenguaje de modo que no entiendan los unos a los otros.”
8 Así Yavé los dispersó sobre la superficie de la tierra y dejaron de construir la ciudad. 9 Por esto se llamó Babel, porque allí Yavé confundió el lenguaje de todos los habitantes de la tierra.
GÉNESIS 11(1-9)

“… Y tú no me estés hablando con palabras. ¡Para conversar no se necesitan palabras! ¡Y no tengas miedo de que yo no te vaya a entender! ¡Que tú alma hable con la mía y ellas se entenderán! No te preocupes tanto por palabras…”
(De una conversación)


¡Enséñate a ti mismo!
A usted, mi futuro y ya muy estimado interlocutor, claro está que le atrajo el título de este libro. ¡Tiene que haberlo cautivado!
Entre un montón de coloridos cursos, libros de texto, folletos y folletines que prometen enseñarle todos los idiomas del mundo en un par de meses o, incluso, semanas, en un ambiente agradable y sin ningún esfuerzo de su parte, este título, sin dudas, le resultó una sorpresa desagradable. Y yo me alegro de esto. Acá, en estas páginas, le esperan muchos asombros de esta índole. Pero no se apure ni se desespere como para aplastar este texto cual insecto venenoso y peligroso para usted. No debe hacerlo por una sencilla razón:
Aunque la afirmación de que es imposible que le enseñen un idioma extranjero resulta una verdad absoluta e irrefutable, como que mañana vuelve a salir el sol, ¡usted perfectamente puede aprenderlo por sí solo! O sea, ¡puede enseñárselo a sí mismo!
La diferencia entre esos dos enunciados es fundamental. Nunca nadie, bajo ninguna circunstancia, puede hacer que usted aprenda -aunque la ayuda competente de otra persona no resulta excluible-, si usted no lo hace por sí mismo.
La comprensión de esta verdad angular, vieja como el propio mundo, es la clave para tener el éxito en el aprendizaje de un idioma extranjero, o de varios, si así lo desea.
Regresemos de nuevo a las brillantes y coloridas montañas de cursos y manuales de la enseñanza de lenguas extranjeras, con sus sonoras y arrogantes propuestas de “felicidad sublime”; conjunto de esfuerzos mínimos por su parte en el proceso de utilización de estos medios de enseñanza. “¡Cómprenos! ¡Somos hermosos y atractivos! ¡Tenemos bonitos dibujitos a colores! ¡Contenemos señales secretas gracias a las cuales, en dos o tres meses, usted se convertirá en un supermegapolíglota!”
¿Qué es lo que une a todos esos libros y manuales? ¡La cierta dosis del descaro chillón y la falta de honestidad con todos nosotros, mi querido interlocutor! Por su apariencia y comportamiento ellos nos recuerdan a cierta clase de “señoritas” que, insistentemente, le proponen su “verdadero e incomparable amor” en venta. Dicho sea de paso, ¡“señoritas” de muy mala calaña!
Desgraciadamente, las cosas son así: yo todavía no he visto ningún curso de idioma extranjero (incluyendo a los más respetables), donde se explique, con toda honestidad y sin omisiones ni neblina verbal, en qué consiste el proceso de aprendizaje de otra lengua. A nosotros, mi querido interlocutor, así de simple, no se nos da ninguna explicación, se nos propone seguir, de manera poco clara y enrevesada, algunas vagas instrucciones que conllevan a que deambulemos, durante muchos años y con pocos resultados, por los infranqueables laberintos de un lenguaje extraño. ¡Y eso que no menciono a los llamados “manuales”, los cuales prometen enseñar empleando sólo unos minutos al día! ¡Aquí la estafa sobrepasa todos los límites posibles, e imposibles, de la decencia y el decoro!
¡Atención, gente! ¡Hombres y mujeres! ¡Hermanos y hermanas del intelecto! ¡Me dirijo a ustedes, amigos míos! ¡Es imposible aprender un idioma extranjero estudiando tres minutos diarios, como es imposible cruzar un océano tormentoso en una lata de conservas vacía! Crean en mi experiencia como graduado universitario de una facultad de lenguas extranjeras que ha aprendido idiomas por su propia cuenta, que ha trabajado durante muchos años como traductor y ha dado clases de idioma a los “boinas verdes” norteamericanos, a la contrainteligencia militar, a la Guardia Nacional, a los funcionarios de la CIA y la ABN (un servicio más secreto que la CIA, tal vez por esto usted no la oído mencionar), que ha trabajado durante algunos años en el Instituto de Lenguas Extranjeras del Ministerio de Defensa de Estados Unidos de América, en Monterrey; una de las más grandes y prestigiosas instituciones de este tipo en el mundo.
Créanme a mí, al especialista en aprendizaje de idiomas extranjeros:
¡Los milagros en el mundo de los idiomas son muy raros aunque, en principio, posibles, y concretamente con usted no ocurrirán! No espere que sucedan. Le espera un trabajo arduo y tedioso, pero la recompensa la obtendrá según sus esfuerzos. Con este libro, en lugar de sentir su propia impotencia y la amargura de la derrota, ¡tendrá el sabor de la victoria!, porque solo es apreciable, verdaderamente, lo que obtenemos después de superar los obstáculos, luego de los esfuerzos y trabajos duros y constantes y no de aquello que nos cayó en las manos, por sí solo, sin el más mínimo esfuerzo personal.
Volvamos a los cursos y manuales que en los últimos años llenaron las vidrieras de nuestras librerías, y las del extranjero también; pero allá esto sucedió unas decenas de años atrás. De ninguna manera yo estoy afirmando, mi querido interlocutor, que todos los cursos y manuales son, absolutamente, inútiles e inservibles en la práctica. Muchas veces ellos contienen buenos e, incluso, excelentes componentes.
¡Pero! ¡Pero! ¡Pero! Sin una clara comprensión de la estrategia del proceso y las correctas, precisas y sin doble sentido, instrucciones de cómo aplicar estos componentes (que son en su esencia auxiliares intermedias), ellos, que son muy dignos de por sí, pierden una gran parte de su utilidad e, incluso, pueden volverse nocivos.
Es como si le hubiese comentado que las hojas de té son muy saludables, pero, por una u otra razón, no le había dado las instrucciones precisas de cómo se prepara y se consume la infusión, y usted empezase a masticar y tragarse las hojas secas, totalmente seguro de que está logrando un gran provecho para el organismo. O como si le dijese -y que es una verdad absoluta, dicho sea de paso-, que para preparar el borsch son necesarios remolacha, patatas y col, olvidando mencionar el agua, la sal, la zanahoria, la cebolla, los tomates, los ajíes, el puré de tomate, un buen hueso con carne y todos los demás ingredientes, ni comentarle una cosa tan importante como el método de su preparación. ¡“Obviando”, incluso, lo de la propia cocción al suponer que todo el mundo ya lo sabe y no hay ninguna necesidad imperativa de repetirlo! ¿Quisiera usted probar semejante sopa “minimalista”, preparada por mí según esta receta “abreviada”, solamente de patatas crudas, así de crudas, remolacha y col?
Vuelvo a repetirlo, yo no he visto instrucciones minuciosas y completamente honestas de cómo utilizar uno u otro curso de idiomas extranjeros. Instrucciones que no permitan una doble o triple interpretación y sean comprensibles para una persona común y corriente, alguien que no es graduado de una facultad de idiomas ni domina varias lenguas. Teóricamente yo supongo, claro está, que pueda que haya algunas por el estilo, como no excluyo la posibilidad de que existan los extraterrestres y, digamos, El Hombre de las Nieves, pero, todavía, no he chocado con ellos.
¡Incluso, si usted encontró el libro de texto “ideal” y estudia por él, de ninguna forma, ni por un solo instante, debe olvidar que su meta no es estudiar el libro! ¡Su meta está en aprender el idioma! ¡Entre estos dos pasatiempos no hay, y no puede haber, signo de igualdad! Usted puede aprenderse, de punta a cabo, cuántos libros y manuales quiera, de excelente poligrafía y atractivos dibujos, pero, a su vez, no moverse del punto muerto; no llegar a hablar en el idioma deseado. Trate de no perderlo de vista, mi interesado -¡espero que así sea!- interlocutor.
Precisamente todo esto, en resumidas cuentas, me animó a escribir este tratado. Yo comprendí que, por desgracia, nadie, aparte de mí, haría semejante labor. Pasaba año tras año, un decenio tras otro, pero mis muy estimados colegas -y claro está, incomparablemente, más mundanos y sabios que este humilde servidor- no se apuraban a hacerlo, dedicándose a otros asuntos que, quizás, serían más importantes e interesantes para ellos…
De una u otra forma, yo dejé de esperar las “bondades de la naturaleza”, afilé con mucho esmero mi lápiz fiel, pensé un rato para organizar mis ideas y, mirando los arbustos de cerezo aliso en flor tras mi ventana, suspiré y decidí dedicarme a este trabajo tan agradable, fácil y sencillo para mí:
Yo pretendo contar toda la verdad sobre el aprendizaje de idiomas, descubrir todos los misterios, rasgar todos los velos y, por fin, hacer el estudio de los idiomas un proceso claro, lógico y sencillo.
Preste atención, mi querido interlocutor, que yo no digo “fácil”, porque no pretendo y no quiero engañarle; el aprendizaje de un idioma extranjero no puede ser fácil y el que afirme lo contrario es un estúpido o un mentiroso por muy brillantes que sean las envolturas que utilice, los títulos o las palabras con las cuales se escude.
De esta manera…
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Por dónde empezar o La información para no sentirse idiota

Pues bien, ¿por dónde empezar el aprendizaje de un idioma extranjero? Lo primero y lo principal que debe poseer es un enorme deseo de enseñarse a sí mismo.
Esto, de ninguna manera, comprende la ejecución mecánica de cierto número de ejercicios diarios, con un ojo metido en el tan atractivo televisor y los oídos tapados por unos audífonos que vierten en su desdichado cerebro la porción de turno de las canciones-desperdicios (¡aunque estén en un idioma extranjero!) Esto no son los melancólicos retortijones del estomago que le atacan cada vez que piensa en que hoy, de nuevo, le tocará hacer “esto”. Y no está en mirar a cada instante el reloj, confirmando el hecho -¡tan triste!- de que el tiempo se vuelve extremadamente lento cuando usted, de manera valerosa, se dedica a este tipo de estudio. Tampoco es el suspiro, de indescriptible alivio, que sale de su sufrido pecho, cuando, con alegría, cierra de golpe el libro de textos tan odiado para usted.
Si le pasa algo por el estilo, mi adorado y querido interlocutor, entonces, deje, por favor, de malgastar en vano su limitado tiempo en este mundo pecador y dedíquese a algún otro asunto más reposado y agradable. Algo como criar de conejos, correr por las mañanas, tocar cancioncitas graciosas sentado en el portal de su casa, estudiar las obras de los clásicos del marxismo-leninismo, bordar los puntos “cruz” sobre los ceros, o cualquier otro “kamasutra”.
Este tipo de aprendizaje debe provocarle gratas esperas y emociones positivas. Sin ellas usted gastará meses y años en arrastrarse, tristemente, por el camino polvoriento hacia la nada. Repito y vuelvo a repetir hasta que todas las partes interesadas lo graben, incluyendo usted, mi querido interlocutor:
Es imposible sobrevalorar el hecho de que usted comprenda que es capaz de enseñarse un idioma extranjero a sí mismo, como, dicho sea de paso, cualquier otra cosa. Y no lo logrará nadie más, fuera de usted, ¡aunque sea tres veces catedrático de las ciencias que sean!
Hasta que no lo entienda insistiré. Mientras piense que la enseñanza del idioma consiste en buscar y estudiar aquellos anhelados cursos “únicos” -con la aplicación de los “últimos logros de la ciencia”- donde podrá, al fin, con un suspiro de alivio, acomodarse en su sillón preferido y decir: “a ver, ¡ahora enséñenme! ¡Adelante, muchachos, muéstrenme que no les he pagado por gusto!” Mientras dentro de usted viva esta esperanza, este relajante y paralizante espejismo, nunca aprenderá un idioma extranjero. ¡Nunca!
Lo segundo, quizás gratamente inesperado para usted: debe dejar de considerarse idiota.
Yo me atrevo a asegurar, lo afirmo con toda la convicción, que ¡usted no es un idiota! ¿Cómo? ¿Usted ni siquiera pensó que pudiera ser un idiota sin mis afirmaciones? Le aseguro, mi querido interlocutor, que sí lo pensó ¡y lo sigue pensando! El producto de nuestro sistema de enseñanza escolar no puede dejar de pensar así, como mínimo en lo que respecta a su (¡a la nuestra!) capacidad de aprender los idiomas extranjeros. Durante muchos años, además en la edad más impresionable, con la insistencia digna de mejor empleo, le han inculcado que, gracias a su idiotez natural, es incapaz de aprender lenguas extranjeras. Y usted, mi pobre y vilmente engañado interlocutor, se identificó de tal manera con esta idea que, incluso, olvidó que piensa así. Este “pequeño muchachito” asustado por los maestros de la escuela, que vive muy adentro de usted, no puede dejar de pensar así.
Pues bien, usted y “ese pequeño muchachito” puede alegrarse con propiedad: como mínimo usted posee una aptitud media para aprender idiomas y, con cierta autodisciplina y capacidad de trabajo, éstas le alcanzaran, perfectamente, para aprender un idioma… o tal vez dos o tres (¿acaso necesita más?)
Por otra parte, existen grandes probabilidades de que sus aptitudes para el aprendizaje, o simplemente la capacidad mental, esté, incluso, por encima del promedio y esto, como usted comprenderá, es bastante provechoso para intentar aprender cualquier cosa, incluso idiomas.
Claro está que tiene ganas de gritar aquí mismo en la librería: “¿Pero por qué? ¿Por qué en la escuela…?”. Para esto, mi estimado amigo y querido interlocutor, hay sus razones de peso. Pero sus aptitudes personales de aprender los idiomas no entran allí. ¡Se lo aseguro! La causa principal aquí consiste en la falta de honestidad institucional, cuando todo el mundo, profesores y alumnos, se rigen por condiciones en las cuales es, prácticamente, imposible aprender un idioma extranjero, por muy correctas que sean las palabras pronunciadas por los participantes de este “juego”. El propio formato de la “enseñanza” en la escuela impide la obtención de un resultado final positivo.
Es como si le estuvieran enseñando a nadar, llevándolo, de vez en vez, a una vieja y oxidada bañera, en el fondo de la cual hay una capa de un centímetro de espesor de agua turbia. Usted puede pasar años y años escuchando diversas conferencias sobre las propiedades de esta agua, incluso tocarla tímidamente o tratar de meter en ella un pie u otras partes de su cuerpo, deseoso de nadar, obteniendo, por estos intentos, por el entusiasmo con que lo hace, notas más o menos satisfactorias. Es un proceso que tiene -claro está, en dependencia de la fantasía y habilidad del maestro- el potencial de ser interesante y atractivo, pero que, en definitiva, no es capaz de enseñarle a nadar. Es incapaz de hacerlo, incluso si esta bañera se limpia con periodicidad y, a veces, hasta se toman medidas “radicales”, casi “revolucionarias”, tales como las promesas acompañadas de aplausos apasionados de los “metodólogos”, o de subir el nivel del agua en el fondo hasta 1,5 o, tal vez, hasta 2 centímetros – ¡que atrevimiento y valor! –, y ¡soltarle un par de barquitos de papel!
Los alumnos no pueden comprenderlo, aunque la mayoría de ellos sienten intuitivamente que algo está mal, que no todo es paz y tranquilidad en el “Reino de las Hadas”, porque, a pesar de sus honestos esfuerzos iniciales de seguir el “algoritmo” de aprendizaje del idioma extranjero, el cual se impone por el programa de clases y por el profesor, ellos chocan con un grueso muro. Toda su experiencia de vida -muy pobre, dicho sea de paso, pero experiencia- y toda su intuición le dicen que cualquier trabajo honesto debe producir, aunque sean, algunos frutos, aunque sean algunos resultados palpables, tal vez algún adelanto mínimo. Pero, en el caso de los idiomas extranjeros, este trabajo, no se sabe por qué, no brinda nada excepto la desilusión y el abatimiento como si se tratara de un pantano cenagoso donde solo se patalea en el mismo lugar.
Incapaces de acusar por su fracaso al sistema (el cual está fuera de toda crítica, porque fue creado por los “semidioses” para los niños, por seres incapaces de mentir adrede: ¡por los mayores!), los muchachos acusan de todo a la única persona que es posible enjuiciar sin miedo alguno: a sí mismos, y lo hacen alentados, oculta o abiertamente, por los maestros. La vaga, y poco clara al principio, sensación de culpa con los años -¡los infructíferos y torturadores años escolares!- se vuelve una firme convicción que la mayoría no abandona nunca más: “¡Soy el culpable! ¡Soy un estúpido! ¡Soy un incapaz!” Sí, es verdad, cediendo a la presión constante del sistema, los muchachos acusan al más desprotegido: a sí mismo.
Pasan los años, aquellos “idolatrados y maravillosos años escolares” durante los cuales los confiados ojos de los niños, abiertos de par en par hacia todo lo nuevo, se cubren, más y más, por el velo opaco de la desconfianza hacia la escuela y los maestros, y los primeros brotes de cinismo echan sus raíces venenosas en sus pequeños y todavía ingenuos corazones…
Los maestros participan en este feo juego por diferentes razones. Muchos, debido a su natural limitación y rigidez -¡imagíneselo y esto es posible!-, sin comprender qué es lo que sucede; otros, dejando de lado a todo y a todos, convirtiéndose, de manera voluntaria, en parte de este fuerte sistema y dejándose llevar por las turbias olas del conformismo devorador. De una u otra manera ellos nunca confesarán a sus alumnos, incluso si ellos mismos lo comprenden, que el quid de la cuestión no está en la “idiotez” de los niños, sino en el comportamiento deshonesto de los mayores.
Además, esta situación, desagradable por sí misma para todos los integrantes de este juego, se agrava por un sentimiento agudo de la propia deficiencia del lenguaje de los maestros, que, por lo general, presentan bastantes problemas a la hora de hablar un idioma extranjero y a la hora de comprenderlo al oído (la mayoría de ellos tienen el nivel de dominio del lenguaje comunicativo por el piso). A ellos les parece, de modo constante, que alguien, con un gran escándalo, les descubre en público y, puramente inconscientes, se concentran en sus áreas más seguras –la gramática y la lectura-, en los límites de las cuales se sienten, suficientemente, cómodos y convincentes, cortando de raíz cualquier intento de los alumnos de salirse de estos límites.
A algunos maestros, a veces, les nace la inconformidad, y ellos suspiran, generalmente, compadeciéndose de sí mismos y de sus años escolares malgastados en vano; hablan cosas poco claras y hasta de manera directa a sus alumnos en las aulas de que el idioma extranjero hay que aprenderlo de otra forma. Que “la bañera oxidada, con un charquito en el fondo, no es el lugar preciso para aprender a nadar”. Estos impulsos de honestidad, en realidad, se reprimen muy pronto por las propias personas que se habían ido de lengua: “¡de alguna manera hay que vivir; todo el mundo lo hace!”, se consuelan. Y sigue la rutina diaria de engaño, que pronto se convierte en el hábitat natural de los profesores, fuera del cual éste empieza a sentirse incómodo, como un pez en el sartén caliente.
La fuerte convicción de que en el campo de aprendizaje de idiomas extranjeros usted es un idiota total, sigue acompañándonos a todos nosotros -excepto a las pocas personas que sí tuvieron suerte durante toda su vida–, es lo único en lo que nuestra escuela sí tuvo éxito. (Dicho sea de paso, la muy afamada escuela americana, cubierta de dólares de punta a cabo, no se encuentra en mejor situación).
De esta manera, el pantano institucional de una franca mentira y la semi-verdad, polvoreada con las “buenas intenciones”, absorbe a todos, tanto a alumnos como a maestros, y es difícil decir quiénes resultan ser las mayores víctimas; si los niños o los mayores. En lo personal, a mí me dan más lástima los pequeños, aunque comprendo perfectamente la situación en que se encuentran los adultos. Pero los niños, a diferencia de los otros, no tienen elección. Si el maestro puede ir a trabajar como barrendero, taxista-filósofo, inspirado poeta-tractorista de amplio perfil, cosmonauta o monje budista de séptimo dan, el pobre pupilo no tiene a donde ir.
El alumno es un ser subordinado. ¡Por unas cadenas invisibles, pero no menos fuertes, él está atado a su odiado pupitre! Todos los días perece en el asalto a una fortaleza inexpugnable del idioma extranjero y el despiadado general-maestro lo manda y sigue mandando al ataque frontal, armado tan sólo con su pequeño bolígrafo, ante las pesadas ametralladores de los verbos modales, la alambrada de tiempos pasados y los estacones de acero de los gerundios.
Bajemos, pues, la cabeza en respeto a los inocentes caídos en esta lucha desigual.
¿Es esta la táctica única y segura frente al estúpido y falto de imaginación ataque a un idioma extranjero?
No, no lo es.
¿Podría usted, mi querido interlocutor, escalar la cuesta de un idioma y sentarse encima, bajando los pies del bastión, para mirar, victoriosamente, hacia abajo y respirar el aire fresco a todo pecho?
Sí, lo puede.
¿Y cómo hacerlo?
Lea con atención este tratado. Ría o llore -¿quién sabe?– junto con el autor. Indígnese con lo atrevido y paradójico de sus afirmaciones. Sea escéptico. No le de crédito. Piense. Vuelva a pensar detenidamente. Lea el libro, una y otra vez. Piense de nuevo. Compruebe usted mismo las confirmaciones y recomendaciones contenidas en el tratado. Asegúrese de su absoluta veracidad y efectividad. Haga de este texto su libro de cabecera y su guía de acción. Usted, mi querido interlocutor, estará “condenado” al éxito.
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Cursos de idiomas extranjeros o Su vuelo detenido

Hablando de aprendizaje de idiomas extranjeros, mi querido interlocutor, es absolutamente imposible dejar de tocar el tema de los cursos de idiomas. En éstos se realizan los estudios en grupos dirigidos por un profesor. El enfoque metodológico general (perdóneme la expresión, a mí tampoco me ha gustado nunca) de estos cursos, en su esencia difiere poco del escolar, exceptuando que su asistencia es voluntaria y son pagados. Además, semejantes cursos resultan asistidos por personas adultas que poseen el derecho a la libre elección. Todo esto le impone al ambiente su colorido específico. Me parece que este colorido es bastante peculiar como para dedicarle un poco de atención.
De esta forma, usted ha leído la propaganda de unos cursos de idiomas pegada a un poste o publicada en algún periódico popular. Y esta propaganda le causó gran impresión. Los gastos financieros le parecieron soportables. Tampoco sería onerosa la frecuencia de clases; un par de veces a la semana. Usted tomó la decisión y empezó a asistir a ellas.
Con mucho placer se lo comentó a sus parientes, amigos y conocidos. Obtuvo de ellos, como esperaba, miradas de aprobación, exclamaciones y otras expresiones agradables. Su status social, de esta forma, se fortificó considerablemente. En la columna de “Las buenas intenciones, pronunciadas en voz alta y con expresión e, incluso, algo reforzadas por la acción”, en esta importante columna de la escala jerárquica social, frente a su nombre aparece el correspondiente asterisco. Su autoestima se fortaleció. En su pecho apareció aquella cálida sensación del deber casi cumplido. Por sí misma, la difícil decisión de estudiar un idioma extranjero es digna de todo respeto; es una verdad generalmente admitida, incondicionalmente aceptada por todos los participantes del juego. ¿No es así mi respetable, y dotado de las mejores intenciones, interlocutor?
Armándose de estos propósitos, usted, dos o tres veces a la semana, visita un local más o menos acogedor. En éste se disponen, en filas, sillas y mesas. De las paredes cuelgan las pancartas con reglas gramaticales, instrucciones anti-incendio y otros medios de propaganda llamados, incesantemente, a llenarlo de diferentes conocimientos sobre conjugaciones y declinaciones. Usted se sienta a la mesa -por lo general, yo escogía una de las últimas- y mira con atención al pizarrón y al maestro frente a éste.
Con antelación, usted ya respeta muchísimo al profesor, porque él domina diferentes palabras desconocidas, además de ir de traje y corbata (sobre las profesoras vestidas con minifaldas y blusas semitransparentes, nosotros, juiciosamente, callaremos). A veces él lleva barba y espejuelos, lo cual atribuye a nuestros cursos un carácter más respetable aún.
El profesor pasea por el aula, pronuncia palabras ingeniosas y las escribe en el pizarrón para que usted las aprenda mejor. Las escucha con mucha atención. Las mira y trata de comprenderlas y de recordarlas. Los más aplicados también llevan minuciosas anotaciones. (Confieso que al principio yo también pequé de esto, ¡pero sólo al principio!)
De tiempo en tiempo, el profesor, atendiendo a todos sus problemas, le pregunta al grupo si todo está claro. El silencio es una respuesta habitual a esta pregunta, pero a veces, de 20 o 30 alumnos, sentados de manera tensa en el aula, aparece alguno –yo mismo, por ejemplo, fui así– que, desde la mesa de atrás (¡siempre desde la de atrás!), dice que esta parte no está del todo clara.
El sabio profesor, de manera severa, pero ¡con cariño!, ¡sin falta alguna con cariño!, mira al interrogador, el que no se sabe por qué ya experimenta el sentimiento de culpa y, de modo condescendiente, repite los aspectos que no quedaron claros. Después, vuelve él a preguntar si todo está claro. La respuesta, por lo general, es un silencio sepulcral. El profesor, respetablemente, se arregla los espejuelos y continúa la clase interrumpida por el alumno poco inteligente.
Cuando semejante situación se repite de nuevo y el alumno “tonto” repite sus preguntas mostrando de esta forma su incapacidad de aprender el contenido rápidamente y sin problemas, al igual al resto del grupo, él ya mira al infractor con menos benevolencia, mostrando, así, su profundo dominio de la materia y su insuperable “paciencia angelical”.
Este estudiante poco inteligente, y no solo él, se siente algo incómodo y erizado bajo la mirada sabia del profesor sabelotodo. Además, expuesto al público, él siente la reprobación en silencio de los miembros del grupo, los cuales, claro está, captan todo al vuelo y se apuran de nuevo, en conjunto con el maestro, a salir corriendo hacia delante con la velocidad de una locomotora supersónica. ¡Y las preguntas inoportunas, simplemente, obstaculizan el camino de este tren hacia adelante y hacia arriba, más allá de las nubes de los idiomas y de su maquinista el profesor!
A la hora de explicar al otro día un nuevo tema –prácticamente en cada clase se analiza un nuevo “tema”– la pregunta es: “¿Está todo claro?” Esta se hace ya, de manera directa, al alumno torpe y hasta, como todo parece indicar, retrasado mental. Esta vez ya todo está esclarecido para todo el mundo. El profesor, al ganar esta pequeña, pero importante victoria para el exitoso avance de las clases, continúa con el trote animoso penetrando en la espesura de las declinaciones, sufijos, tiempos y predicados. ¡Es que hay tantos prefijos y sufijos y tan poco tiempo!
Usted, mi querido interlocutor, por su lado sigue asistiendo las clases de manera aplicada y hasta cumple las tareas; todos aquellos ejercicios, respuestas a las preguntas, aprendiendo, como un loro, los verbos irregulares y respectivos adverbios y gerundios. El profesor revisa las tareas y, a veces, lo elogia a usted y eso le agrada. Su autoestima crece. Compara sus éxitos con los de los demás alumnos. Estos éxitos suyos, incluso, son hasta mejores que los logros de los otros. Esto también le complace. Su autoestima vuelve a crecer.
Así pasan semanas y después meses. Los cursos, exitosamente, siguen su rumbo de manera triunfante. Pero usted se da cuenta de que su grupo empieza a disiparse. Alguien tiene algún viaje de servicio impostergable, el otro se enfermó o compró una casa en el campo y, junto con esto, se le presentó un montón de problemas nuevos. Hay quien tuvo dificultades familiares y quien ascendió en el cargo. Resulta que las personas tienen muchas cosas que hacer y el aprendizaje de idioma no es la tarea de primer orden.
De una manera extraña el tonto inquilino de las mesas de atrás no se unió al grupito de los que resultaron ser baja, ¡como era de esperarse!, y sigue asistiendo a las clases. Él ya no hace preguntas, pero tampoco hace las tareas. El profesor hasta dejó de chequear sus ejercicios dando este caso por incorregible. ¡Es una completa ausencia de autoestima de este tonto! ¡¿Qué sigue haciendo aquí?!
Aquí viene su turno y usted pesca un catarro. ¡Es invierno; no hay nada que hacer! Esto puede pasarle a cualquiera. La enfermedad es bastante seria y ya no puede asistir a las clases. Sus parientes, amigos y conocidos, acogen la situación con una total comprensión; la salud es mucho más importante que cualquier tipo de clases. Es más, solo quedan un par de meses hasta que terminen el curso y, aparte de esto, siempre existe la posibilidad de volver asistir a ellos el año que viene.
Usted sale del juego sin pérdida alguna para su prestigio en la sociedad y si su autoestima no se ha fortalecido tampoco ha sufrido grandes pérdidas, porque las circunstancias, evidentemente, estaban por encima de sus fuerzas y no hay por qué afligirse. Ya ha mostrado su entereza y la tan necesaria, en estos tiempos difíciles, flexibilidad. Semejante equilibrio y capacidad de reaccionar, de manera correcta, a diferentes situaciones de la vida, le provoca casi autosatisfacción. ¿Y qué puede ser más importante que este tipo de sentimiento?
¿Y qué del idioma extranjero? “¿Qué idioma extranjero? ¡Ah, sí! ¡El idioma!” En lo que respecta a él, usted, sin duda alguna, aprendió muchas cosas interesantes, compartió con personas nuevas y también atractivas para usted. Conoció al inteligente y destacado profesor que domina tantas palabras incomprensibles sobre gerundios y relaciones del predicado en la oración, también sobre el estilo directo impropio, tan importante para el conocimiento correcto de los procesos que suceden, a diario, en un idioma extranjero.
Sus cursos resultaron ser, en todos los aspectos, exitosos. ¡Umm, así es...!


Perspectiva de las causas o Un poco, solo un poco, de psicoterapia

Ahora realizaremos, como lo llaman, el chequeo de la situación. ¿Qué es lo que ha pasado en las circunstancias descritas anteriormente? No hay necesidad de decirle, mi perspicaz interlocutor, que la asimilación real del idioma extranjero por usted no ocurrió.
Sucedió una simple, pero muy bien realizada, sustitución de las metas y tareas declaradas por otras completamente diferentes, no pregonadas, claro está, a voces para que todo el mundo se entere, pero no por esto menos reales y duras. Evidentemente, no debe sorprenderse demasiado con esto, porque en la vida sucede muy a menudo.
El objetivo declarado de los cursos de idiomas extranjeros es el aprendizaje de la lengua o, aunque sea, un considerable avance hacia esta meta.
El propósito real de semejantes estudios es obtener determinadas sumas de dinero de las personas que desean, o piensan que desean, aprender un idioma extranjero, con el enmascaramiento máximo de este objetivo principal. Todo eso, claro está, no excluye cierto conocimiento superficial de la lengua, pero esto no es una prioridad.
Ese objetivo principal, sea este consciente o inconsciente para los iniciadores de este juego que ya se ha vuelto tradicional, nunca se pierde de vista: es la obtención de los máximos bienes materiales posibles, con los mínimos gastos de energía, manteniendo, simultáneamente, la apariencia respetable del proceso de “enseñanza” que tiene lugar. Esa apariencia respetable y el aire venerable son condiciones necesarias para el funcionamiento exitoso y, más o menos prolongado de semejante empresa. Cualquier violación de los aspectos externos, por parte de los alumnos, se corta de raíz por la mano algo habilidosa del profesor mediante su comportamiento, tono de voz, torrente de explicaciones sofisticadas con un montón de términos incomprensibles, referencias a las “autoridades” y otras formas de manipulación ampliamente conocidas.
El experimentado profesor-manipulador nunca permite que el grupo se salga de su total control. Él no necesita, absolutamente, a los “sabelotodos” con sus preguntas y siempre está listo para hacerles frente de manera digna. Por supuesto, nadie, excepto un psicólogo especialista, podrá valorar de inmediato los sucesos, aunque de manera paulatina el cuadro real comenzará a ser percibido por todos, o casi todos, y el grupo empezará a disminuir.
Lo que frena la rápida desintegración del colectivo es que los “educandos” obtienen un refuerzo psicológico suficientemente fuerte -proceso que recuerda tanto a la estimulación mediante alimentos a perritos amaestrados en el circo- por parte del profesor-manipulador y, de alguna forma por parte de ellos mismos entre sí, por el “exitoso” cumplimiento de unos u otros ejercicios y tareas de segundo o tercer orden, con los cuales los maestros adoran tanto recargar a los alumnos. A los “sobresalientes” les pasan la mano y les dan un caramelito psicológico por la realización exitosa de inútiles, o por lo menos poco efectivas, y numerosas tareas, mientras que todo el mundo se dirige hacia la nada, la nada, la nada…
Para muchos, entre paréntesis, semejante carrera en el lugar, incluso, empieza a gustarles; es que ellos están haciendo algo, lo cual es reconocido como digno de respeto por la sociedad, se encuentran entre personas bastante agradables y hasta obtienen estimulaciones por una figura tan respetable como el profesor, con traje y corbata, y a veces hasta con barba.
El objetivo declarado ya se ha convertido para ellos –y para algunos, posiblemente, lo fue desde el principio- en efímero y poco importante; ellos obtienen la satisfacción de visitar un determinado club temático o algún grupo de psicoterapia socialmente significativo que lleva el romántico velo del “aprendizaje de un idioma extranjero”. En este grupo obtienen emociones que les faltan en la vida común y de las que sienten necesidad, incluso, inconscientemente. El profesor cumple el papel de “psicoterapeuta” intuitivo -desde el principio del funcionamiento del grupo se apoya en sus participantes, en los cuales la necesidad de semejante “terapia” es bastante evidente- y lleva, con mano dura, a sus “pacientes” hacia el final del curso. Después habrá un nuevo día, un nuevo grupo, nuevos “pacientes” y un nuevo trozo de pan con mantequilla para nuestro profesor y sus jefes.
¿Por qué sucede de esta forma? ¿Será que, absolutamente, todos los profesores de idiomas extranjeros son unos malvados y fraudulentos por su perversa naturaleza? De ninguna manera. El trabajo del maestro es muy difícil y casi siempre ingrato. Yo respeto con toda el alma a muchos de ellos y, al final de todo, si los alumnos no obtienen de ellos los conocimientos, a cambio, muy a menudo, reciben algo que también tiene su valor: ¡una especie de sucedáneo de amor y atención que para muchos (¿todos?) los estudiantes resulta necesario!
¿Será eso tan malo en lugar del potencialmente posible dominio del idioma -¡ninguna garantía se ofrece, claro está!- en un futuro indeterminado y lejano? ¿El que les fue prometido, sin querer y con vaguedad, pero prometido (¡además con una multitud de condiciones difícilmente realizables!) de obtener, en realidad, una, más o menos, cálida atención y compasión por parte del profesor, aquí y ahora, a cambio de un simple juego bajo las reglas ofrecidas por este “vendedor de amor” bajo el condimento del idioma extranjero? Es que usted, mi querido interlocutor, templado en la lucha cotidiana, de vez en cuando también necesita no sólo un efímero sueño, una poco sólida esperanza de aprender un idioma extranjero en un futuro lejano, que, todavía, no existe en este momento; sino una atención real, palpable e inmediata, incluso, también puede suceder que aparezca ¡el amor de alguien! No muy a menudo necesario, claro está, pero no obstante… ¡Reconózcalo, prometo que no le contaré sobre esa debilidad suya a nadie!
Así sucede el intercambio de “la vaca” de su esperanza de dominar un idioma extranjero en el futuro por “la chiva” del sucedáneo de amor y atención, pero aquí y ahora. O, si así lo quiere, el escape del desagradable látigo de la insatisfacción del profesor para los incómodos e insubordinados, del látigo que, con maestría, domina cualquier maestro experimentado hacia el sabroso -aunque un poco rancio- dulce de la aprobación, con el cual se alimentan de la mano del educador los dóciles y resignados. ¿Resignados con lo inevitable? ¿Resignados por su “incapacidad”? Esas preguntas puede sólo responderlas usted mismo, y nadie más…
Profesores, profesores, profesores… ¡cuánto significado encierra esta palabra!
Por supuesto, los propios educadores son, en gran medida, víctimas de las circunstancias, los equívocos, las tradiciones y los mitos. ¡Sí, sí mitos! Aquí tienen el mito número uno en el campo del aprendizaje de idiomas extranjeros: sólo una persona muy inteligente, al límite de la genialidad, puede dominar una lengua. ¡Y qué decir de dos o tres a la vez!
¡Un mito muy dañino y peligroso, pero muy enraizado! (que, dicho sea de paso, es la otra cara del mito sobre su “idiotez”) A decir verdad, tiene su parte de veracidad en el sentido de que hay que poseer una buena porción de energía, perseverancia y, de algún modo, intuición innata para que, en las condiciones existentes, pueda evitar que se le desvíe de su curso y lograr, al final, el dominio real del idioma.
Pero esta energía, en gran parte, se gasta no en el aprendizaje real, no en el trabajo productivo, sino en la tortuosa superación de obstáculos e impedimentos que se formaron dentro del vicioso y petrificado sistema. Ese que no trabaja para usted, sino en contra suya, de manera que debe comprenderlo muy bien para lograr el éxito en el difícil trabajo de la enseñanza del idioma. Yo mismo, para escapar de este método, gasté algún tiempo, no muy prolongado gracias a mi sentido muy desarrollado de la falsedad y la terquedad natural. ¡Me negué, categóricamente, a colocarme en la clasificación de “idiotas clínicos”, a pesar de todos los mimos empalagosos y medidas drásticas de los funcionarios del sistema, con barbas o sin ellas!
Le recomiendo, insistentemente, mi querido interlocutor, hacer lo mismo. ¡No se rinda! ¡No permita que lo dominen a usted ni a su deseo de lograr el éxito! ¡Rechace interiormente sus insinuaciones, más o menos encubiertas, de su “incapacidad”! ¡No se vaya a doblegar ni bajo el “látigo” de la reprobación de los profesores, ni acepte el “dulce” de su compasión! Sonría cortésmente -¡siempre cortésmente!- y siga su camino hacia la meta elegida. De lo contrario, todos sus esfuerzos se perderán en vano, durante años usted vagará dentro de este intrincado laberinto hasta que se canse y reniegue de toda lucha y esperanza de éxito.
No son los dioses los que tejen las canastas, y no son los genios los que hablan idiomas extranjeros: lo hablan personas iguales a usted, pero que, de alguna forma -¿terquedad? ¿Seguridad en sí mismos? ¿Una inexplicable intranquilidad interior que obliga a seguir adelante a pesar de todo?-, pudieron salir de los límites del circulo vicioso al que fueron confinados.
Regresemos con los profesores. Ellos también, en su gran mayoría, son víctimas del malvado mito de que hay que poseer ciertos talentos excepcionales para dominar un idioma extranjero. Ese que estimula su autoestima y los eleva sobre la masa general y “gris” del resto de la población. ¿Y para qué ellos van a destruir el mito? Consciente o inconscientemente trabajan para reforzarlo, de manera subconsciente tratando de impedir que sus alumnos se aproximen al nivel del dominio que ellos poseen (¡de los profesores que no dominan un idioma extranjero nosotros, prudentemente, callaremos!). Les causa placer observar el chapoteo impotente de los alumnos en los infinitos y casi inútiles ejercicios fabricados por miles y sacados de la nada por los maestros.
La inmensa mayoría de los profesores, dicho sea de paso, no comprenden, por sí mismos, hasta el final, el proceso de aprendizaje de idiomas por el cual tuvieron que pasar (no estudiaron la teoría del dominio de lenguas extranjeras en su tiempo de estudiantes de facultades de idioma, porque esta teoría simplemente no existe), y muy adentro se sorprenden de cómo es posible que ellos dominen tan bien el idioma, porque es una contradicción evidente con el mito en el cual creen, con tanto fervor, y al que fortalecen con tanto ahínco. Por un lado, están absolutamente seguros de que no son genios y de que, incluso, no poseen aptitudes mentales excepcionales; por otro lado, ese mito es tan agradable para ellos que no quisieran dudar de él.
No obstante, las dudas ocultas los inquietan, de tiempo en tiempo, y entonces descargan esos sentimientos desagradables en sus indefensos alumnos, colmándolos de la porción de turno de ejercicios “indispensables” (¡indispensables para rellenar el tiempo asignado a las clases y no para aprender el idioma!) o de frases sofisticadas saturadas de términos pseudocientíficos, o exprimiendo del “tubito” de su imaginación, seco hace tiempo, el próximo “tema” y tratando de introducirlo, a presión, en las pobres cabezas de los alumnos. Los profesores se sienten mejor al hacerlo y los educandos se encogen bajo los golpes de látigos verbales, vuelven a sentir su propia insignificancia, la magnitud del profesor, y siguen deambulando en vano por los tortuosos laberintos del idioma extranjero, llenos de una espesa telaraña de declinaciones, conjugaciones y verbos modales.
“¡Todo el mundo lo hace así y siempre las cosas fueron de ese modo!” es otro argumento “brillante”, que siempre está listo para los participantes de este “juego”. Es igual al ampliamente conocido y, de cierta forma, conmovedor, por su simplicidad, clásico de “argumentación”: “¡Es mejor que sea yo, una persona de bien, quien la viole a que sea algún malvado!”
¿Son palabras crudas? Tal vez. Pero muy certeras en su esencia.
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¡Empleando el diccionario! Umm…

¿Y por dónde, finalmente, empezar el aprendizaje del idioma extranjero teniendo en cuenta que el deseo arduo de enseñarse a sí mismo ya usted lo tiene? ¿Qué pasos concretos realizar? Usted, claro está, debería comprar el diccionario más gordo de ese idioma, abrirlo en su primera página y empezar a aprender las palabras en orden alfabético. ¡Es que todo el mundo sabe que los vocablos son lo principal que hay en un idioma!
¡Pues no, mi querido interlocutor! ¡No, no, y otra vez no! Olvide todo lo que yo le he dicho sobre el diccionario. Esto fue sólo un intento de broma pesada, aunque como en todo chiste, en el mío, como se dice, también hay su parte simpática.
Le explicaré “a los ocupantes de las últimas mesas del aula”:
Muchos – ¡desgraciadamente, incluso, los profesores!- se imaginan el aprendizaje del idioma extranjero, precisamente, de esta forma; consistente en memorizar una enorme cantidad, interminable para el ojo humano, de palabras, a veces, incluso, sacadas, directamente, del diccionario. ¡Yo lo sé, yo mismo lo hacía de esa forma! Reconozco, con cierta dosis de vergüenza, que durante un tiempo traté de aprenderme el gordísimo diccionario en orden alfabético. Gracias a Dios esta tarea insana –dicho eufemísticamente- no duró mucho. Así que su fiel servidor comprobó, en su propio pellejo, todas las “ventajas” de este –permítanme decir- método.
¡Se lo digo, amigos míos! ¡Se lo ruego! ¡Se lo pido por todos los santos! Nunca hagan esto. El aprendizaje no radica en la memorización de las palabras. El idioma no es sólo palabras. Pensar en que se trata, simplemente, de un manojo de vocablos incomprensibles, que exigen una memorización constante, ¡es un gran error! Mientras más rápido deje de pensar así, mejor. El idioma es un complejo sistema dinámico que se encuentra en movimiento constante. Las palabras son, solamente, parte de ese sistema. Ellas constantemente brillan, centellean, cambian su forma fonética, su significado y su connotación.
Al principio, todo eso les parecerá una salvaje cacofonía, un caos que se arremolina frente a usted amenazando cubrirlo y ahogarlo en su furia. En realidad, cualquier lengua es una bella armonía, un organismo preciso que trabaja con exactitud. Simplemente hay que llegar a sentir, a través de un trabajo incesante, su hermosa y compleja relación, su calor y su irrepetible aroma.
Pero, como ya hemos empezado a hablar sobre los diccionarios, hay que decir que comprar uno sí será necesario; en el aprendizaje resulta imprescindible. A la hora de adquirirlos hay “trampas” en las que caen muchas personas. Al principio consiguen uno más pequeño, pero después de poco tiempo, se dan cuenta, sin falta, de que este diccionario es insuficiente. Se compra otro un poco más grande. Después, un tercero, y así, sucesivamente, hasta tener el más gordo. De esta manera en su casa se guarda, acumulando polvo, una completamente inútil colección de todos los tamaños, con la excepción del imprescindible y, para usted, último diccionario, por el cual tenía que haber empezado su aventura “diccionarística”. Por lo tanto, desde un principio, empiece por el final, y, de una vez para siempre, compre el diccionario más grande y no se dedique a coleccionar materia prima.
Hablando de la poca efectividad y deseabilidad –dicho eufemísticamente- de la simple memorización de palabras, es necesario referirse a aquellas con las que se denominan a los números. No debe aprenderlas en el orden de su sucesión matemática: uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, etc. En la vida real, usted raramente, o nunca, las va a escuchar o pronunciar en este orden. En el uso de la lengua esta sucesión no es natural. La lógica de ella no es reflejo fiel de la lógica matemática. En ella dos por dos no, necesariamente, es cuatro.
Que los numerales no le lleguen “organizadamente”, en fila rigurosa, colocadas de menor a mayor en una página aparte del libro, sino que surjan en orden casual, en textos, en situaciones y en contexto con otras palabras. Créanme que si la primera cifra en idioma extranjero que usted encuentre y aprenda es nueve o tres no será el fin del mundo. Tampoco un tribunal, convocado especialmente, no se dedicará a acusarlo de peligrosos crímenes contra el idioma si esta cifra es dos o siete.
Pero, si para usted es imprescindible, debido a las particularidades de su memoria, aprender los numerales aparte, entonces apréndalos agrupando de una manera casual, en parejas o tríos, por ejemplo: ocho-uno-cinco o dos-seis. O aprenda el número de su teléfono móvil, o el de su pareja, en la lengua que está ejercitando. No caiga en las mismas trampas que un ex-colega mío que, una vez, se quejó conmigo cuando al recordar algún número en francés él debía contar, para sí, en este idioma: ¡uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis! Es que de esta forma ellas se “cimentaron” en su cabeza desde un principio. Lo mismo se aplica a los días de la semana.
Muy a menudo, la enseñanza empieza por el alfabeto; es un método incorrecto y poco efectivo en el cual el tiempo, y sobre todo la energía del primer impulso de aprendizaje, se gasta, prácticamente, en vano. No se puede estar de acuerdo con la afirmación de que memorizándolo estamos aprendiendo a leer.
En un idioma –cualquier idioma- no leemos letras, sino palabras, frases e, incluso, oraciones. Nosotros, desde un principio, percibimos las imágenes íntegras de vocablos y expresiones saltando por encima de las letras por separado. Yo, por ejemplo, puedo leer con gran dificultad carteles por el estilo de “Peluquería”, “Panadería”, donde esas letras están colocadas vertical y no horizontalmente, porque su disposición habitual se altera. La imagen conocida de la palabra se cambia por otra completamente distinta que no se percibe y descifra de manera fácil. Ella es, ahora, desconocida y mis ojos, maldiciendo la incomodidad, deben encaramarse de una letra a otra. ¡Y eso sucede en mi propia lengua natal! De la misma forma, en un idioma extranjero nosotros no vamos a ver letras separadas del alfabeto, condenándonos de esta manera a subirnos y tropezar con ellas, sino que, desde el inicio, veremos palabras y frases enteras.
El provecho de conocer el abecedario es muy limitado y, por lo general, se utiliza sólo a la hora de hacer traducciones para buscar palabras en el diccionario, donde éstas, claro está, están ubicadas en orden alfabético. En otro aspecto, esa utilidad puede aparecer en el caso hipotético de que lo detenga un policía de tránsito norteamericano sospechando –estoy seguro que injustamente- de que usted maneja en estado de embriaguez, y le propone que le recite el alfabeto en inglés para demostrar que está totalmente sobrio. Existe semejante jueguito de “alfabeto-policiaco”.
De cualquier manera, semejante oferta fuera de lugar se puede rechazar, tranquilamente, diciéndole al policía-juguetón que usted no ha asistido a las escuelas locales, y no aprendió ese preciso juego, o que nunca ha sido un alumno sobresaliente. Entonces, a cambio, él le ofrecerá algún otro pasatiempo entretenido; digamos, tocarse la nariz con un dedo -no el de él sino el suyo propio-; o caminar sobre una recta imaginaria. No habrá otras consecuencias de su desconocimiento, o conocimiento insuficiente, del alfabeto extranjero. Sobre las secuelas del alto contenido de alcohol en su sangre no vamos a hablar aquí.
De este modo, no hace falta que al abrir el gordo diccionario, en su primera página, trate de hacerle un hueco con su insistente mirada fija: no se preocupe tanto por las palabras o por el léxico como tal; ellas, en el idioma extranjero, le llegarán, por sí mismas, en el proceso de su trabajo, como vienen a sus manos las ampollas -¡por sí mismas!- cuando usted cava en su jardín incansablemente. Excave, mi laborioso interlocutor, siembre con el sudor de su frente y usted verá los árboles en flor, aspirará el aroma de estas flores y el dolor en sus manos cansadas le parecerá agradable, y serán dulces para los frutos recogidos.
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Resonancia reversa y la matriz

Entre nuestros procesos mentales y el proceso del habla, o sea, la articulación, existe un vínculo indestructible. La conexión de un rezo con un estado anímico especial, consciente o inconsciente, ha sido conocida durante milenios. Yo afirmo que este enlace se puede, y es necesario, utilizar para el aprendizaje de un idioma extranjero.
La repetición continua, en voz alta y articulada, o sea, la reproducción de textos extranjeros con la máxima imitación precisa de la pronunciación de los locutores-portadores del idioma, que le dan voz a esas palabras, provoca en su sistema nervioso cierto proceso que, de manera convencional, puede llamarse “resonancia reversa idiomática”. Ella incluye un análisis subconsciente de todas las estructuras y armonías del idioma.
Esta resonancia reversa idiomática se basa, ¡claro está!, no en las armonías de su lengua natal, sino en unas nuevas y, al principio, extrañas armonías del idioma que se está aprendiendo. Dentro de un determinado tiempo esas ligazones ajenas se vuelven, de cierta forma, comunes para la persona que aprende el idioma mediante esta clase de meditación matricial, a través de la repetición continua, en voz alta, de textos-“rezos”.
Puede suponerse que, a través de semejante análisis subconsciente, se descubre la profunda relación de parentesco –en el nivel de la lógica fundamental del pensamiento y su expresión por medios lingüísticos- entre nuestro idioma y el idioma ajeno. Semejante afinidad, con mayor o menor grado de evidencia, existe entre todas las lenguas, incluyendo aquellas que son totalmente diferentes en apariencia. Todas ellas provienen de un mismo y antiguo proto-idioma. Esta conexión solamente puede descubrirse bajo las capas idiomáticas posteriores que se han acumulado durante miles de años; es lo que realiza la matriz de la resonancia reversa si se trabaja lo suficientemente prolongado con ella.
De esta forma, debe convertirse en la etapa inicial del aprendizaje de un idioma extranjero la creación de esa matriz de resonancia meditativa para una futura repetición, en voz alta, compuesta por ejemplos idiomáticos: diálogos u otros textos en el idioma que se está aprendiendo. Yo sé, por mi propia experiencia, que una matriz óptima de resonancia meditativa debe estar compuesta por unos 25 ó 30 diálogos, o textos en forma de monólogos, de un tamaño estándar de 300 a 500 (puede ser hasta 600) signos impresos cada uno, o de 15 hasta 50 segundos de tiempo de reproducción. De esta forma, toda ella incluirá de 15 a 20 mil caracteres.
La escucha y reproducción en voz alta de los diálogos matrices, debe realizarse de manera gradual: durante mucho tiempo usted debe escuchar y reproducir el primero, y cuando este haya sido pulido hasta convertirse en el ideal, debe comenzar a trabajar con el segundo, luego el tercero, etc. Cuando usted procese de esta forma la cantidad suficiente de diálogos, entonces, durante dos ó tres meses, debe trabajar con todos ellos de conjunto; del primero al último, y de nuevo del primero al último. Y de nuevo, y de nuevo, y de nuevo, hasta que esa repetición se convierta para usted en tan simple y común como, digamos, remover el azúcar con una cucharita en un vaso de té.
No cabe duda alguna de que los diálogos y textos (en cualquier parte de este libro las palabras “diálogo” y “texto” en el contexto de la matriz se utilizan como iguales y auto-sustituibles) deben ser reproducidos, o sea, incluso mejor, representados, profesionalmente, por los portadores del idioma con una velocidad normal del habla. De manera preferible con la utilización del léxico más común y de ejemplos gramaticales igualmente comunes.
Sería bueno que estos diálogos fueran escritos con cierta dosis de talento literario e inspiración y no análogos extranjeros de algo parecido a “Lola lava la loza” o algo por el estilo, que se adquieren, al parecer, por encargo del Ministerio de Educación, por la limpiapisos, desde su cuartico de desahogo bajo las escaleras (personalmente yo no tengo nada en contra de la Tía Lola, incluso la respeto, porque es una trabajadora abnegada, pero…)
Es poco deseable que los elementos de la matriz contengan palabras negativas en lo emocional, debido a la alta probabilidad de influencia negativa sobre la psiquis de los individuos al escucharlos continuamente. Aunque cierto matiz emocional en los diálogos es muy deseable, porque esto facilita, considerablemente, la retención de las imágenes idiomáticas. De esta forma, el cuadro general del lenguaje de la matriz debe ser optimista.
No es deseable que haya vacíos o pausas muy prolongadas en los diálogos, porque esto altera el ritmo natural del idioma y la integridad de nuestra apreciación. Los vacíos y las pausas son aceptables –muy a menudo, hasta necesarios- en la comunicación real en la vida, porque nosotros tenemos diferentes factores que rellenan semejantes pausas: gestos, miradas, un helado en la boca, etc; pero en las grabaciones los silencios se convierten en obstáculos en el aprendizaje de idiomas y deben eliminarse sin falta alguna.
Tampoco debe haber ruidos ajenos que puedan volver la asimilación más difícil; solamente el idioma y nada más que idioma. Hablando de los ruidos ajenos yo, ante todo, me refiero a los sonidos introducidos en los diálogos por la fértil imaginación de algunos autores para crear “el ambiente natural del idioma”: las bocinas de los autos, el cantar de los pajaritos, el ruido del helicóptero sobre su cabeza, un martillo neumático trabajando, el rugido de las Cataratas del Niágara, el rechinamiento de una puntilla oxidada sobre el vidrio, etc. Al escucharse una o dos veces, estos sonidos parecen entretenidos, después alteran y, a la hora de escuchar continuamente lo que es imprescindible para aprender el idioma, se convierten en una tortura refinada.
Enseguida debo decirle que en la actualidad, debido a la ausencia de los materiales que directamente puedan convertirse en una matriz ideal, puede usted utilizar los cursos y manuales existentes, extrayendo de ellos diálogos y textos para utilizar y crear una matriz, aunque no sea la ideal, ella es lo suficientemente útil para su aplicación.
La primera reacción de nuestro cerebro ante un idioma extraño, casi siempre es el bloqueo y rechazo de este. El cerebro se encuentra en estado de armónica quietud y, naturalmente, no quiere que se altere esta tranquilidad. La resonancia, provocada por nosotros mediante la matriz meditativa, nos permite superar, en forma exitosa, la resistencia inicial del cerebro y colocarlo, dentro de un tiempo, en condiciones relativamente cómodas a la hora de hacerlo salir de las confortables armonías del idioma natal, hacia las nuevas de la lengua extranjera.
Mediante la matriz el cerebro obtiene la posibilidad de un entrenamiento intermedio y la adaptación al nuevo idioma en las etapas iniciales, cuando, todavía, es imposible empezar a usarlo solamente. Si así lo desea, la matriz es comparable con las escalas que se practican para aprender a tocar un instrumento musical, o con los ejercicios llamados “katá” en las artes marciales. Usted, mi joven interlocutor, debe saberlo por las películas de kárate o kung-fu en que los alumnos repiten determinados movimientos como imitación de los golpes, bloques, etc. (Cuando yo pasé mi servicio militar en las tropas especiales, nosotros, también, practicábamos ejercicios parecidos a los del “katá”).
Esto, todavía, no es, precisamente, el dominio del arte marcial, pero es una determinada etapa necesaria en el camino hacia el uso real de reacciones y movimientos pulidos hasta convertirlos en automáticos. También es posible comparar la matriz idiomática con los andamios temporales que son muy útiles y necesarios en ciertas etapas de construcción, pero los que, en un determinado momento, se convierten en inútiles y destinados al desmonte. La comparación con el andamiaje no es muy precisa, digamos (como lo es cualquier tipo de comparación), ya que, a diferencia de las armaduras de la matriz de resonancia reversa trabajada, se quedará con usted para siempre y, en caso de necesidad, puede ser reclamada y utilizada, también y para activar el idioma. De esta manera, “los andamios” se convierten en la parte orgánica del “edificio” de la lengua, listo para su uso e, incluso, de cierta forma, como su soporte.
El nombre completo del método matricial de aprendizaje de un idioma extranjero en su etapa inicial (o, también para la recuperación-activación del idioma durante su pérdida parcial) es:
Método matricial-meditativo de resonancia idiomática reversa con elementos peripatéticos.
¿Qué son los elementos peripatéticos o aprendizaje del idioma en movimiento? Lo explicaremos más adelante.
Para las personas -a las que este nombre completo del concepto matricial-meditativo no les conviene por alguna razón- yo les propongo pensar en él como en el “método del sentido común”. Porque ese, precisamente, es el enfoque basado en la lógica y la experiencia concentrada del aprendizaje de idiomas, con el uso de tecnologías modernas, mas no sometimiento irreflexivo y servil a estas tecnologías. Así mismo es…
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Tres fuentes, tres componentes del marx… ¡eh!… idioma extranjero

¡Le pido que me disculpe de manera generosa, mi cordial y dispuesto a perdonar interlocutor - ¡así lo espero!-, por el título! No he podido hacer nada conmigo mismo. Los años pasados en la facultad de idiomas, estudiando la más avanzada y la única justa teoría del marxismo-leninismo (aunque, de vez en vez, yo, de manera más irresponsable, me “distraía” para aprender tres lenguas extranjeras), las montañas, más allá de las nubes, de los apuntes sobre los trabajos de los “clásicos”, escritos de manera aplicada por el joven y todavía desprovisto de barba marxista que llevaba su pañoleta roja, estampó la imborrable huella en su humilde servidor. De modo que, como cabeza agachada no es degollada, alisaré mi pañoleta, ya algo desteñida pero, todavía, roja, bajo la barba tupida y continuaré mi cuento.
Y bien, ¿de qué, precisamente, se compone un idioma? ¿Qué bloques y cuáles “continentes” lo integran? ¿Qué es lo que debemos, de modo insistente y reflexivo, estudiar, investigar y aprender?
Habitualmente la lengua -extranjera, claro está- se divide en tres componentes principales. Se destaca el habla, la comprensión de oído y, por supuesto, la lectura. La escritura, por lo general, no se separa como un componente independiente y no se aprende de forma específica (exceptuando los casos de escritura jeroglífica), porque se acepta que ella se deriva de las tres unidades generales mencionadas con anterioridad, con jerarquía de la lectura.
Estoy a favor de semejante clasificación, aunque ésta no es la más perfecta para el aprendizaje -¡dominio práctico!-, pero debe satisfacernos.
De esta manera, para tal propósito, nosotros debemos aprender el habla -el habla espontaneo-, la comprensión de oído del lenguaje de los portadores de un idioma en su hábitat normal, y lectura, con la comprensión adecuada de literatura no adaptada.
Tal vez usted, mi “iluso” interlocutor, guarda una vaga, pero tan dulce esperanza de que el dominio de los tres componentes -a través de un intenso y dedicado trabajo con cada uno de ellos- no sea absolutamente imprescindible. Confía, en silencio, que si aprende a leer, el habla y el reconocimiento de oído le vendrán por sí mismos. O si, de una manera milagrosa, usted empieza a comprender el idioma extranjero, entonces, éste fluirá por su boca como un majestuoso y caudaloso rio.
Me apresuro a desalentarlo, mi querido interlocutor, que nada de esto le sucederá, excepto en el caso, claro está, de usted sea un fenómeno único; entonces, no hay ninguna necesidad de que lea este libro, ya que los sermones ajenos le son inútiles y aburridos. La práctica -también conocida en algunos círculos como el criterio de la verdad-, nos brinda cualquier cantidad de ejemplos donde el dominio de uno de los tres componentes del idioma, de ninguna manera, deriva en el dominio de otros. Así, el manejo de dos de ellos no lo conduce a dominar, automáticamente, el tercero. ¡Por cada uno hay que luchar de manera independiente! ¡Cada altura posee sus fortificaciones defensivas específicas y se toma por asalto de modo autónomo! ¡Recuerde esto, mi general!
Por supuesto, los tres componentes del idioma están unidos entre sí. Claro está que el dominio de uno de ellos facilita el aprendizaje del resto. Pero, no más que esto. Lo saben, perfectamente, los verdaderos profesionales de la enseñanza en las cátedras de idiomas extranjeros. Allí el habla, la lectura y la audición (comprensión de oído) son asignaturas, de cierta forma, independientes entre sí.
Un magnífico ejemplo de que del dominio de un componente no dimana el conocimiento automático de los otros, es la situación con los Institutos de Enseñanza Superior no lingüísticos. Allí casi todos los estudiantes saben leer, lo suficientemente bien, por lo menos la literatura de su especialidad. Pero, no más allá de esto. Ellos no entienden cuando les hablan en un idioma extranjero ni mucho menos saben hablarlo, aunque lo estudien. Semejante situación ocurre, además, en la enseñanza media.
Existe cualquier cantidad de ejemplos cuando algunos traductores profesionales, que han dedicado toda su vida a traducir las obras literarias en alguna lengua extranjera, no hablan casi nada en el idioma que traducen y tampoco perciben éste de oído, dominándolo sólo en su forma escrita. Semejante situación se considera muy ordinaria y nada sorprendente.
Como un ejemplo contrario se puede mencionar el hecho, tan conocido e indiscutible, de que existen millones y millones de personas que no saben leer en su propio idioma natal -sin mencionar las tribus que ni siquiera tienen su escritura- y, sin embargo, hablan con tremenda fluidez e, incluso, tumban con éxito las cantidades necesarias de cocos de las palmas. Yo pienso que semejantes individuos pueden existir entre los que usted conoce, en lo personal, mi querido interlocutor.
Usted pudiera hacer un leve intento por objetar que, en este caso, es posible que la situación sea algo diferente si se tratara de una lengua que no es la suya natal, en caso de que usted lo está aprendiendo como una lengua extranjera. Pero yo le contesto que existen millones de mexicanos con sus botas vaqueras -que se han infiltrado de manera legal o ilegal en los Estados Unidos y otros “países avanzados”-, y buscadores de “la bella vida” de otras naciones (incluyendo la nuestra, mi querido interlocutor), que aprendieron de chiripas a chamuscar la lengua local y, a duras penas, comprender (en gran medida adivinando a través del contexto) lo que les dicen los “aborígenes”, pero la lectura en inglés, o en cualquier otro idioma local, permanece para ellos como un misterio bajo siete llaves. En nuestro propio país se puede encontrar cualquier cantidad de ejemplos semejantes.
Curiosa, pero triste ilustración de todo esto, es la “comunicación” entre padres e hijos en la gran mayoría de las familias de los “nuevos norteamericanos”. Los hijos, que olvidaron hablar en el idioma de sus padres (¡muy a menudo por completo!), sin embargo entienden lo que aquellos le dicen, pero contestan -¡si es que lo hacen!- en el idioma de su comunicación diaria en la escuela y en la calle, el que les sustituyó el natal; en el inglés. Un ejemplo muy peculiar, ¿no es así?
¿Cómo entonces hay que abordar el aprendizaje para no caer en ninguna de las situaciones descritas anteriormente?
Para el estudio que nos ocupa siempre ha de comenzarse por escucharlo prolongada y persistentemente. Esta idea, este dogma fundamental yo, sin cansancio, lo repetiré infinidad de veces, aunque, es tan importante para el abordaje correcto del aprendizaje de un idioma que, por mucho que lo repita, nunca será suficiente.
A propósito, escuchar en esta etapa matricial, todavía no significa la comprensión real de oído. La verdadera le vendrá mucho más tarde. Por esto, no se deje llevar por el pánico si, tras varios días de escuchar un diálogo, usted no comprende de oído algunos o, incluso, muchos de los elementos de éste. Es muy normal. Hay que seguir el trabajo de manera tranquila. La escucha matricial inicial es sólo un paso necesario en la dirección correcta y no más que esto.
Después le sigue la lectura en voz alta, la que nos adelanta, simultáneamente, hacia el habla espontáneo que resulta ser, en esta etapa matricial, el preparativo proto-habla y, también, conduce hacia la lectura sin pronunciación para sí; la que resulta ser la sucedánea proto-lectura.
De esta forma, el trabajo con la matriz de resonancia meditativa nos lleva, de modo simultáneo, mi cansado, por un discurso tan prolongado, interlocutor, por las tres direcciones idiomáticas, sin el dominio de las cuales, desgraciadamente, resulta imposible el conocimiento pleno de un idioma extranjero.
Por ahora se anuncia el merecido receso en nuestras clases. Puede olvidar por un tiempo el tema y tirarse un rato en el pasto verde cubierto de manchitas amarillas de las flores de dientes de león , bajo los cálidos rayos del prometedor solecito primaveral…

Método “infantil” o Baile sin parar

Bastante a menudo popularizan y, de cierta forma practican, el llamado método “natural” o “infantil” en el aprendizaje. Habitualmente éste se impone a los mayores, en forma de ejecución en las clases, canciones infantiles sobre los paticos y versitos toscos, escritos por unos tipejos gordos y llenos de caspa, bajo los efectos de una resaca pesada u otras semejantes emanaciones cerebrales.
El fundamento lógico de tal enfoque es, por aproximación, el siguiente: usted debe abordar el aprendizaje de idiomas como los niños, porque ni ellos ni usted lo dominan, sino, solamente, intentan aprenderlo. Los niños, dicen los seguidores de este método, se la pasan el día cantando, recitando, incesantemente, los versitos y bailando para aprender, de esta forma, la lengua.
Y a usted, mi querido interlocutor, se le está proponiendo igualarse a estos angelitos en sus inocentes quehaceres y, como consecuencia, enseguida balbuceará como una avecita de Dios.
Existe la presencia de cierta “lógica” en estas deducciones. Es que los pequeños, naturalmente, no nacen hablando y deben aprender a hacerlo al igual que nosotros debemos aprender el idioma extranjero. Entonces, por qué yo, desde mi último pupitre del aula, quisiera hacer, no obstante, una única y muy sencilla pregunta: ¿Dónde, en qué circo usted ha visto a los muchachos que cantan, recitan y bailan al mismo tiempo en una edad, cuando ellos empiezan a pronunciar sus primeras palabras? ¡Muéstrenme a estos “pequeños monstruos”, quiero verlos, justamente, aquí, y ahora!
Resulta comprensible, entonces, que mi pregunta sea puramente retórica, ya que semejantes “espantosos muchachitos” nunca existieron, ni existen, en realidad hasta ahora. El aprendizaje del idioma natal por los niños, de ninguna manera, empieza por los versículos enternecedores y las cancioncitas de dudosa calidad interpretados por ellos mismos (a propósito, los infantes de por sí recitan y cantan muy poco, y menos bailan en el proceso de su desarrollo natural; y si lo hacen, es porque, por generalidad, los mayores los obligan), sino que ese proceso comienza con los meses y meses -¡años!- de observación de sus padres y personas allegadas, prestando atención a qué es y cómo ellos hablan entre ellos mismos y cuando se dirigen a los muchachos.
¡Precisamente, éste es el verdadero y natural aprendizaje infantil del idioma! Al principio escuchar, después oír, analizar y comprender y, en la medida de su interés, imitar a los portadores de idioma que les rodean. Y que no lo vaya a desconcertar, mi querido interlocutor, el hecho de que los pequeños escuchan meses y hasta años, antes de que pronuncien sus primeras palabras. Nosotros tenemos una gran ventaja sobre ellos -¡ya hace tiempo no somos niños!-. Nosotros podemos controlar -a diferencia de ellos- este proceso, manipularlo, hacerlo más compacto en el tiempo y concentrarlo en el contenido, sin alterar, por supuesto, su principio básico general:
Escuchar, analizar, imitar.
¡Así que vamos a aprender el idioma extranjero como niños, pero sin ponernos culeros o pañales y sin hacer burbujas chupando la lechita tibia del biberón! De todas formas, a nosotros ésto no nos resultará, mi sonriente y tan adulto interlocutor; nuestros años mozos, desgraciadamente, ya pasaron para siempre…
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Proceso físico o Su cinta negra

El aprendizaje de un idioma es un proceso tan físico como mental. En su primera etapa debe ser, incluso, más físico que mental, ya que se crea la memoria motora de los músculos faciales y todos los órganos de articulación, mediante reiterada pronunciación de los sonidos nuevos y combinaciones inusuales de estos; un algoritmo motor totalmente nuevo para nosotros. Hay que comprenderlo con toda la claridad.
Se puede trazar el paralelo por analogía con el acto de aprender a bailar, tocar instrumentos musicales, mecanografiar, practicar los artes marciales y otros tipos de actividad corporal que exigen un trabajo reiterado y persistente, y un aprendizaje muscular de los difíciles algoritmos motores. Le debe llegar a la mente -tan adoradas por los vecinos- escalas musicales que parecen interminables al principio; los infinitos ejercicios de los bailarines o “el katá” en el aprendizaje de artes marciales.
El estudio de un idioma es un proceso físico que nos exige a nosotros, y a nuestros músculos, esfuerzos físicos. A propósito, esfuerzos físicos inusuales. La lengua extranjera, a diferencia de la matemática o la física, es imposible aprender sólo mediante procesos mentales y deducciones lógicas.
Apréndalo, grábelo, estámpelo en su memoria, que su aprendizaje se diferencia, de modo sustancial, del de la matemática, la física o la informática.
Se puede dedicar años y años a sentarse y concentrarse en cómo se maneja un coche, estar leyendo con atención diferentes manuales e instrucciones de qué es lo que ha de hacer su mano derecha y qué la izquierda, y a qué deben dedicarse sus ojos y piernas. Y ahora, móntese detrás del timón de un coche real y no en su imaginación. ¿Cómo piensa usted, llegaría muy lejos después de “aprender” a conducir de esta manera? ¡Así es!
Podemos conocer hasta último detalle, todos los pormenores de anatomía, fisiología y bioquímica de procesos que suceden en nuestros músculos, como también los nombres de todas las maniobras y movimientos de combate, pero esto no lo convertirá en “cinta negra” de kárate (¡ni en cinta de ningún otro color!). El camino hacia tan anhelada cinta va a través de trabajo físico real, a través de sudor, sangre y dolores reales. Y, aunque a la hora del aprendizaje, por lo general, no llega a correr la sangre, sin falta alguna, mi querido interlocutor, tendrá que pasar por un fuerte malestar espiritual, muy cercano al dolor físico. ¡Recuérdelo y prepárese!
Aunque debo decir que es imposible estar preparado para esta clase de sufrimiento, porque esta sensación será muy nueva e inusual para usted, no es posible “explicar” las sensaciones; solamente se puede sentirlas. Resulta improbable explicar a una persona a qué sabe el helecho siberiano si nunca lo ha probado. Un niño no entiende cuando le dicen: “¡No vayas a tocar el fogón, que te quemas!”. Lo que significa esa expresión “¡Te quemas!”, él lo comprenderá, solamente, cuando llegue a tocar, con su dedito rosadito, el hierro candente y prohibido. En este momento, entonces, las palabras vacías se llenarán para él con una sensación real. ¡Nunca antes!
De la misma manera usted, mi querido interlocutor, comprenderá lo que yo le digo solo entonces cuando experimente, en su propio pellejo, las “quemaduras” de un idioma extranjero. Mientras, usted y sus tiernos deditos rosaditos permanecen en el estado de bendecida ignorancia. Umm, así es…

Articulación y órganos articulatorios o Usted está bailando el fandango

Como es conocido, ¡o sepa usted!, los sonidos del lenguaje humano se forman mediante la modificación de una corriente de aire proveniente de nuestros pulmones, a través de nuestros órganos articulatorios. Estos son la cavidad bucal y nasal con todo lo que llevan adentro: cuerdas vocales, lengua, dientes, paladar, etc. La corriente de aire se transforma, en gran medida, por el trabajo de las cuerdas vocales, laringe, lengua, labios y cachetes.
Los órganos articulatorios de todas las personas pueden considerarse idénticos. De igual forma como sus manos, pies o, digamos, corazón. Po lo menos es así, inmediatamente, que la persona nazca y durante los primeros años de vida. Pero en cada idioma particular el trabajo de estos órganos es diferente a su labor en otras lenguas. Las diferencias consisten en cuáles grupos de músculos de los órganos articulatorios son los más empleados y en cuál sucesión. O sea, en algoritmos del trabajo de órganos articulatorios. Diferentes idiomas tienen algoritmos diferentes. Los órganos articulatorios, de portadores de un idioma concreto dado, producen sonidos y combinaciones de éstos que le son característicos, precisamente, a este idioma y, en un grado mayor o menor, ajenos al de los otros.
Se puede trazar el paralelo con los bailes y decir, que en un idioma los órganos articulatorios bailan sólo el vals, en otro el tango -y nada más que tango-, en uno tercero el fox-trot, y sólo fox-trot, y en un cuarto la polka rusa. O, si así lo prefiere, un ejemplo más masculino: en un idioma los órganos articulatorios saben sólo boxear, en otro, dominan, exclusivamente, el kung-fu o algún tipo de fino “sumo”, satisfechos y orgullosos de que sólo saben, y no quieren saber más nada, que no sea ese “sumo”.
A menudo, prácticamente toda la estructura sonora de la lengua extranjera se basa en los sonidos totalmente diferentes al de nuestro idioma natal. El asunto se agrava, también, por el hecho de que, al principio, es imposible, siquiera, distinguir estos sonidos tan extraños para nosotros; ¡ya no hablemos de pronunciarlos correctamente! En nuestra cabeza no existe un programa destinado a reconocer los sonidos de un idioma ajeno para nosotros. Hace falta un entrenamiento serio de los órganos auditivos para que ellos empiecen a distinguirlos y en nuestra mente aparezca, y comience a funcionar con eficacia, el respectivo programa de reconocimiento de esos elementos sonoros, impropios para nuestra lengua natal.
Una información interesante para el análisis en torno a la relación entre articulación y comprensión de un idioma de oído, aparece en el libro de Boris Sergueyev “Las paradojas del cerebro”:
“Durante muchos años fue un misterio el por qué, a la hora de desconectar (por un trauma o enfermedad) el centro motor del habla en el cerebro, se afecta no sólo el habla, sino también su apreciación, su comprensión de oído. Solamente hoy en día se supo cuán importante es el control motor para la comprensión del habla.
Los niños pequeños aprenden no sólo hablar, o sea reproducir los sonidos del lenguaje, sino también a asimilarlos. Estos procesos son entrelazados entre sí, tan fuertemente, que uno sin otro no puede funcionar plenamente. El niño debe repetir, de modo obligatorio, cada nueva palabra, analizando y comparando, simultáneamente, los sonidos del habla y las reacciones motoras de la lengua, la laringe y las cuerdas vocales que aparecen a la hora de pronunciar ese vocablo.
Diferentes fonemas y palabras enteras en nuestro cerebro se almacenan en forma de copias “motoras” y “sonoras”, y las copias motoras de los fonemas son las más importantes para nosotros. Sin el empleo del centro motor del habla es imposible utilizar las copias “motoras” de los fonemas y palabras, por lo tanto el control de la comprensión del habla se vuelve unilateral e incompleto.
La reproducción de algunos sonidos en las personas con desajustes en el centro motor del habla provoca serias dificultades. Una persona así confunde, constantemente, la “L” con la “R”, la “D” mezcla con la “T” y la “B” con la “V”. Le es difícil pronunciarlos y, por lo tanto, es imposible comprender…
Regresaremos a los órganos articulatorios que funcionan correctamente. En el proceso del habla algunos músculos son empleados, de manera constante, y, por lo tanto, son más entrenados y permanecen en estado activo. Otros grupos de músculos trabajan mucho menos o, incluso, no se emplean en absoluto y, como consecuencia, permanecen en el estado de una atrofia parcial o total.
De alguna manera esto se puede comparar con una práctica que existió, cuando a las aristócratas chinas se les vendaban, de una manera especial, los pies, para proporcionarles una forma especialmente “elegante”. A consecuencia de este proceso, que duraba muchos años, las pobres aristócratas no podían caminar normalmente, sino renqueaban, de manera “graciosa”, al estilo de los patos enfermos de podagra. La forma de sus pies y la atrofia de respectivos músculos no les dejaban otra solución. Se puede decir, que todos nosotros, nuestros órganos articulatorios, desde la más tierna infancia, se “vendan”, se “acurrucan” por nuestro entorno, al estilo de los pies aristocráticos chinos y, en cada lengua y cultura, este proceso es diferente, por lo tanto, se forman distintos “modos linguales de andar”.
Cuando, entonces, pretende formar los sonidos de un idioma nuevo para usted, es como si adoptara un “modo de andar lingual” en el cual los músculos, poco entrenados o atrofiados de los órganos articulatorios, de pronto, deberían empezar a trabajar a la manera en que no están adaptados y no tienen ningún deseo de hacerlo. A propósito, este comportamiento no es capricho casual: ellos realmente no saben cómo realizar los algoritmos motores que se les exigen. ¡Imagínese su sorpresa e indignación, cuando se intenta obligarlos a realizar estas cosas tan extrañas para ellos! ¿Cómo se sentiría usted si le ordenaran que bailara, de pronto, digamos, fandango? ¡Aquí y ahora! ¿A qué se parecería su fandango? ¡Yo, particularmente, no quisiera ver semejante aberración! Con todo mi respeto hacia usted…
Hay que tener en cuenta, además, que a la hora de la articulación de muchos y muchos sonidos del idioma extranjero la carga principal recae, precisamente, en los no entrenados músculos-“holgazanes”. Empieza una batalla encarnizada entre su fuerza de voluntad -¿su férrea voluntad?- y sus órganos articulatorios desobedientes y voluntariosos, acostumbrados, de manera exclusiva, digamos, a la polka, y no desean, de ningún modo, bailar minué. O viceversa, si así lo prefiere.
¿Quién será el ganador en este combate? Cada uno responde esta pregunta por sí mismo, pero su éxito, en gran medida, depende de lo correcto de la táctica elegida por usted para luchar con este peligroso “enemigo”. ¿Cojeará en el nuevo idioma al estilo del antes mencionado pato enfermo? ¿O caminará firme y, hasta por momentos, elegantemente? Si sus órganos articulatorios no tienen defectos congénitos, o serias transformaciones traumáticas, solamente la táctica de elaboración de un nuevo “modo de andar lingual”, elegida por usted correcta o incorrectamente, le dará respuestas a estas interrogantes.
Así mismo es…
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Шлиман

Многие из вас слышали о Шлимане (1822-1890). Он раскопал Трою, враждовал практически со всеми археологами своего времени, очень долго жил в России с именем Андрея Аристовича Шлимана и даже 18 лет был подданным Российской Империи. Если вы хотите знать о нем больше, то вы можете открыть хотя бы вот эту страницу http://ru.wikipedia.org/wiki/ набрать его имя Генрих Шлиман и почитать его биографию. Я же хочу сказать несколько слов о том, как он изучал иностранные языки, а он практически владел десятком иностранных языков. Можно, конечно, сказать, что у Шлимана был языковой дар и на этом закрыть тему, и часто так делают, но я, тем не менее, постараюсь сделать несколько замечаний, которые, я надеюсь, будут небезынтересны для изучающих иностранный язык.
Итак, иностранные языки и Шлиман. В возрасте 9 лет он был отдан в учение к преподавателю латыни, и мальчик занимался ею, очевидно, несколько месяцев, достигнув определенных успехов – он даже написал статью на латыни (о Троянской войне, кстати). Затем занятия латынью – да и вообще какими-либо иностранными языками – были прерваны в силу финансовых трудностей отца. Возобновлены эти занятия были, когда Шлиману было уже 19 лет, но занимался он иностранными языками уже полностью самостоятельно.
Генрих нанялся юнгой на корабль, уходящий в Венесуэлу, но вместо этого попал в Амстердам, поскольку практически сразу после отплытия судно потерпело крушение. Неудавшийся моряк устроился работать в торговую компанию в Амстердаме, где и вступил в плотное соприкосновение с иностранной речью (несколько дней на судне считать не будем). В компании постоянно бывали моряки и торговые представители из крупных морских держав того времени: Англии, Португалии и Франции. Кроме этого там бывали итальянцы и, конечно же, постоянно присутствовали голландцы, поскольку компания была голландской и находилось в Амстердаме. То есть компания была своеобразным Вавилоном в миниатюре.
К тому же оказалось, что у Генриха на работе есть множество свободного времени, которое он и посвятил изучению языков, звучавших в конторских коридорах и на портовых складах компании. Думается, что начальство весьма одобряло увлечение своего нового служащего, поскольку находило его полезным – служащие компании должны говорить на языке клиента!
За три года Шлиман достаточно хорошо овладел голландским, английским, французским, португальским и итальянским. Вот тут-то юноше и пригодился латинский фундамент (казалось бы, давно забытый!), заложенный в девятилетнем возрасте. Французский, португальский и итальянский языки полностью построены на латыни – особенно в том, что касается лексики и грамматики, где они взаимно почти идентичны (романская группа языков). Значительные различия имеются только в фонетике – в специфически-национальном артикуляционном оформлении/озвучивании тех же самых (или очень близких) слов и конструкций.
В голландском же и английском языках имеется превеликое множество латинских слов. Не будем забывать также, что родным языком Шлимана был немецкий – язык, чрезвычайно близкий к голландскому и достаточно близкий к английскому. Все эти три языка входят в германскую группу, как, скажем, русский, польский и чешский входят в славянскую группу). Немецкий, голландский и английский имеют очень близкую словарно-грамматическую «начинку», но сильно различаются в «озвучке» этой начинки. Такие же отношения существуют между французским, португальским и итальянским языками.
Таким образом, Шлиману нужно было слушать и сравнивать языки между собой, обнаруживая их очевидное родство и отмечая некоторые различия. Уши у Шлимана оказались «открытыми» – он смог услышать новые звуки и они не вызвали у него отторжения. Плюс к этому под рукой были учебники и художественная литература, где он мог увидеть графическое изображение слышимых им звуков и прочитать о грамматическом «скелете» языков.
Но едва ли не более всего помогла здоровая дерзость Генриха, абсолютное отсутствие в нем боязни применить новые подходы, отвергуть признанные авторитеты. Помог авантюрный склад его характера, который будет проявляться на протяжении всей его жизни в разнообразных деловых предприятиях, а особенно в его противостоянии всей мировой археологической науке и последующем обнаружении им Трои.
А пока что в стенах своей конторы и в порту он не боялся громко артикулировать новые звуки, слова и фразы, что является ключом к практическому овладению живыми языками.
Тот факт, что Шлиман не изучал живые языки в учебных заведениях (только три месяца гимназии), не повредил ему, а напротив оказал ему самую добрую услугу – он оказался неиспорчен замшелыми догмами и смертельной скукой классной комнаты. В него не вбили боязнь иностранного языка и комплекс собственной неполноценности. К языкам он подходил со всей своей юной свежестью и непосредственностью – он с наслаждением открывал языки сам, прокладывая свой собственный путь без оглядки на «авторитеты» того времени. Он не знал, что изучение языка просто-таки должно быть в тягость! Изучение иностранных языков для него было отдыхом, игрой и радостью!
После трех лет «разминки» с голландским, английским, французским, португальским и итальянским последовал русский язык – когда Шлиман перешел на работу в компанию, которая вела дела с Россией. После этого последовали и другие языки...
Несколько слов о приемах овладения иностранных языком, к которым пришел Шлиман. Получилось так, что в начале своей самостоятельной работы с языками в Амстердаме он всегда шел от звука к лексике и грамматике. Вокруг него было множество носителей языка, которых он мог слушать и которым он мог подражать в их выговоре. Более того – он мог им что-то сказать и увидеть их реакцию. Ошибиться было не страшно – он общался не с надутыми спесивыми профессорами, которые «все знают» и «никогда не ошибаются», а с веселыми моряками и авантюристами-торговцами, которые видели вся и всех и уж, конечно, слышали самые разнообразные акценты, с которыми их язык произносится в самых отдаленных и экзотических уголках мира от Макао до Сан-Франциско и Марселя.
Они понимали немецкий выговор молодого парня с огоньком в глазах. Они ему добродушно отвечали, а иногда и поправляли – не для того, чтобы его унизить или «поставить на свое место», а просто потому, что этот бойкий парнишка им нравился, был «своим в доску» и они хотели ему помочь. Он им показывал какое-нибудь слово или фразу в книге и просил их эти слова произнести – они с удовольствием это делали, хлопали любознательного немца по плечу и говорили, что он далеко пойдет. Они были правы – он пошел далеко. Он пошел очень далеко – до само́й Трои и царя Приама.
Так обстояло с языками, которые Шлиман слышал вокруг себя каждый день. Если же он считал, что слышит какой-то язык недостаточно, то он изыскивал способы услышать его. Так было с английским – Шлиман стал ходить на богослужения в местной англиканской церкви. Богослужения эти велись на чистейшем английском.
С русским языком было немного по-другому. Шлиман перешел на работу в компанию, где на русском языке производилась деловая переписка и иногда появлялись русские, но их было совершенно недостаточно, чтобы свободно овладеть разговорным языком. К тому же эти редко появляющиеся русские предпочитали говорить либо по-немецки, либо по-французски, так как не очень любили слышать, как иноземец коверкает их родной язык. Они явно не хотели пускать посторонних в свой мир. Это только подзадорило юношу и он вызвался быть представителем компании в России.
С русским, кстати, у Шлимана произошел весьма забавный (или же более близкий к трагическому?) эпизод. Это было еще в Амстердаме. По вечерам у себя на квартире Шлиман пытался громко начитывать русские тексты. Делал он это, не имея практически никакого понятия о русском произношении, поскольку образчиков русского произношения, готовых предоставить свои услуги, в Амстердаме невозможно было найти ни бесплатно, ни даже за деньги. Однако суть эпизода не в этом, а в том, что соседи Шлимана стали жаловаться, что по ночам за стеной слышны какие-то страшные громкие заклинания на незнакомом, но явно чудовищном языке – очевидно, совершаются тайные сатанинские ритуалы. А ведь в то время это было достаточно серьезным обвинением. Впрочем, на костер Шлиман не попал, но с квартиры должен был съехать...
В Россию Шлиман приехал, умея – в какой-то мере – читать и писать по-русски. Говорить он почти не мог и, конечно, не понимал русский язык на слух. И вот тут-то он стал уже в завершенном виде применять свои собственные шлимановские приемы изучения иностранного языка. К тому времени он уже прекрасно понимал, что живым иностранным языком необходимо овладевать «со звуком» (в этом сыграли свою роль и не вполне удачные амстердамские эксперименты Шлимана с русским языком), то есть идеально было бы идти от прослушивания иностранной речи к артикуляции, как он это делал с голландским, английским, португальским, итальянским и французским. Было необходимо сперва слушать иностранную речь и затем ее правильно и громко артикулировать. Далее следовало чтение. В русском же языке с чтением, грамматикой и письмом у него произошло опережение – следовало срочно наверстывать в прослушивании и правильной артикуляции.
И Шлиман стал нанимать русских «репетиторов». Он платил простым русским мужикам, чтобы они слушали, как он им читает русские книги. Средства представителя достаточно крупной европейской компании позволяли это делать. Да и мужики в России тогда были дешевы – не как сейчас. Мужики же искренне удивлялись причудам странного немца Андрея Аристовича и даже были им немного недовольны («У ентих немцев-то аглицких все не как у людей – и книжки мужику сиволапому про маркизу читають и деньгу ему ни за что ни про что дають, нехристи окаянныя! нет, наши-то господа лучшее! оне всё привышно по морде норовять! хрясь сразу по губейкам – любо-дорого!»), но деньги за «работу» брали с удовольствием.
Читал он, кстати, и когда ездил в карете по своим делам – садил с собой в карету такого нанятого сермяжного слушателя и читал ему вслух, заполняя таким образом с пользой время, проводимое в пути, а прогоны-то в России ой какие большие.
Итак, Шлиман стал громко читать книги русским слушателям. Это громкая артикуляция. Но как же с прослушиванием русского языка? На работе это было возможно делать только в ограниченной степени, поскольку все его деловые партнеры говорили по-немецки и по-французски. Повторялась амстердамская история. Безвыходное положение?
Отнюдь нет. Дело в том, что слушателя-наемника легко было разговорить. Достаточно было задать ему вопросы по прочитанному тексту. «Да, Прошка?» «Нет, Макарка?» «А так ли это, братец?» «Граф в книге женат, а ты женат ли?» «А ты женат тоже на графине, Кузька?» «А грамоте разумеешь ли?» «А дети у тебя есть? Много ли? Кого из них больше любишь?» «А из какой ты деревни?» «А почем в твоей деревне лапти?» «А зачем ты в городе?» «Герцогиня из книги в Германии живет-здравствует, а ты в Германии бывал ли, добрый молодец Прокопка? Аль в Париже?» «А что, Ерошка, ты болеешь за «Челси», за «Ливерпуль» али за каку другу команду?»
И так далее и тому подобное. При наличии ясной цели и определенной фантазии такого рода учебные вопросы можно фабриковать десятками и сотнями – даже тысячами! У Шлимана была и ясная цель, и буйная фантазия искателя приключений. Если собеседник попадался совсем уж неразговорчивый, то заменить его на более разговорчивого для богатого торговца не составляло никакого труда. Шлиман был достаточно богат, уже когда приехал в Россию, а вскоре сделался очень богат.
Таким образом Шлиман имел и прослушивание, и артикуляцию, и достаточно полноценную разговорную практику на русском языке. С чтением же у него не было особых проблем с самого начала занятий.
Новогреческий и древнегреческий языки он стал изучать еще в России. Поскольку греческих мужиков по сходной цене в России не оказалось, он нанял преподавателя новогреческого языка, который поставил ему произношение и которому он читал и пересказывал греческие тексты, заученные им наизусть или почти наизусть. А когда он попал в Грецию, он опять применил «метод слушающего мужика» – на этот раз греческого.
Для изучения древнегреческого он прибег как к заучиванию, пересказу и чтению вслух (используя по необходимости новогреческое произношение), так и к еще одному «амстердамскому» приему изучения языка – в Греции он стал ходить в храмы и слушать службы и проповеди, которые в Греческой православной церкви ведутся на древнегреческом. Для человека, прекрасно знакомого со Святым Писанием и церковными службами на нескольких языках, это чрезвычайно действенный подход. Таким образом, Шлиман и в изучении древнегреческого, мертвого языка прибегнул к своему излюбленному методу – прослушивание живой речи и громкое выговаривание услышанного звука в больших количествах.
Можно ли в изучении иностранного языка в точности следовать приемам Генриха Шлимана? Конечно, можно. Скажем, если у вас есть возможность по две копейки в день нанимать в Лондоне или Париже британских или французских мужиков для ежедневных многочасовых занятий с ними – для зачитывания им вслух Агаты Кристи и Мопассана, то делайте это – эти занятия будут очень полезными для вас. Конечно, предварительно в течение нескольких лет где-нибудь за границей вы должны будете повариться в толпе самых разных иностранцев (доброжелательных и желающих вам помочь иностранцев) и в силу этого овладеть 3-4 языками. Также вы можете ходить и на службы в греческих храмах, до этого изучив, правда, Священное Писание и церковную службу на нескольких более легких языках. Но ходить, конечно, вы можете.
Вы также можете следовать шлимановскому принципу изучения языка: звук и громкая артикуляция этого звука в больших количествах с последующим переходом на чтение. Где брать звук для прослушивания, его параметры и технические детали его действенного использования можно обсуждать отдельно – это уже вторично...
Последний раз редактировалось Н.Ф. 25 июл 2009, 10:16, всего редактировалось 1 раз.
Лягуар
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Сообщение Лягуар »

Н.Ф.
Остроумно. Спасибо, что подняли настроение.
Александр Владимирович

Сообщение Александр Владимирович »

Про прослушивание древнегреческого - очень неожиданный ход, прямо гениальный! Я то всё не понимал, где же можно найти звуки утраченного языка, а оказывается просто - в церкви!!! Шлиман, конечно, гений, именно из тех, кто 99% сделал настойчивым трудом.

Спасибо за такой пример, вдохновляет!
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Алексей Александрович Т.
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Сообщение Алексей Александрович Т. »

Может уже спрашивали, но я по форуму искал..безрезультатно :(
Можно ли скачать или приобрести книгу "Вас невозможно научить иностранному языку" на английском языке? У меня знакомые из сша заинтересовались методом. Но русского они не знают. Помню что где то на форуме про это спрашивали...но найти не могу :oops:
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Н.Ф.
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Сообщение Н.Ф. »

Алексей Александрович Т. писал(а):Может уже спрашивали, но я по форуму искал..безрезультатно :(
Можно ли скачать или приобрести книгу "Вас невозможно научить иностранному языку" на английском языке? У меня знакомые из сша заинтересовались методом. Но русского они не знают. Помню что где то на форуме про это спрашивали...но найти не могу :oops:
Пока нет, но сейчас идет обсуждение на английском здесь: viewtopic.php?p=9464#9464. Пусть задают вопросы.
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Черный Пояс
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Сообщение Пушистая няшечка2 »

Ну, раз уж они знают только английский, - пусть заходят. Я буду в бурном восторге)
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Н.Ф.
Учитель
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Сообщение Н.Ф. »

Все идет к тому, что к лету 2010 года мы будем иметь перевод книги на английский язык.
Игорь К
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Сообщение Игорь К »

Н.Ф. писал(а):Все идет к тому, что к лету 2010 года мы будем иметь перевод книги на английский язык.
Я не понимаю. Разве вам сложнее перевести на английский, чем написать на русском?

И иметь, наверное, все же будем не мы, а американцы :) .
Сдается тот, кто сдается последним.
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